Después de una intensa
mañana de debate entre compañeras, llegamos a la conclusión de que la formación
idílica para nosotras sería una formación que se base más en la experiencia, es
decir, que esté compuesta de muchas más prácticas de observación dentro del
aula de educación infantil y no sólo de unas pocas semanas puntuales. Pensamos
que esa es la mejor manera de aprender sobre nuestro futuro trabajo a
desarrollar.
En nuestra formación
actual, tenemos multitud de tareas, (en muchos casos excesivas) las cuales no
todas terminan de despertar nuestro interés, creatividad y motivación debido a
la forma en las que son planteadas o porque simplemente a muchas de ellas no
les vemos el sentido a la hora de trabajar como maestras.
Opinamos también que nos
sería de mucha utilidad un contacto de manera habitual con otros maestros y
maestras de educación infantil, que nos enseñen a través de su propia
experiencia y que nos muestren su forma de proceder dentro del aula. Ya sean
profesores que nos impartan clase y que anteriormente hayan ejercido como
maestros, maestros ejercientes o ya retirados.
Puesto que una de las
mayores exigencias para trabajar hoy en día es tener un buen nivel de inglés,
durante la carrera, se nos podría facilitar una formación más completa en este
idioma, mediante la posibilidad, menos complicada, de estudiar en países de
habla inglesa.
Por otro lado, en
nuestra formación ideal, se sustituirían algunas asignaturas demasiado
teóricas, por otras destinadas a enseñarnos a innovar y a ayudar al desarrollo
de nuestra creatividad e imaginación, como por ejemplo asignaturas dedicadas a
la enseñanza y realización de manualidades mediante diferentes técnicas y
materiales (reciclados, papel, madera, telas, etc.).
Finalizando, haríamos
más hincapié en las nuevas tecnologías, orientadas hacia el conocimiento de
cómo realizar programas y herramientas que se puedan utilizar con los niños de
educación infantil.
En definitiva, quizás
algunas de nuestras ideas sean un tanto utópicas, pero si alguna vez se pudiesen
llevar a cabo, mejorarían notablemente la formación de los profesionales de la
educación infantil, y por tanto, la calidad de la educación impartida, a la
misma vez que se produciría un impulso positivo en la evolución del pueblo.
Durante el periodo de
inserción de un docente, nos parece de suma importancia que éste se sienta
amparado. Por eso pensamos que es fundamental que exista la figura del mentor
como acompañante, consejero y apoyo para el nuevo maestro, quien va a
enfrentarse a un amplio abanico de situaciones dentro de su entorno laborar,
hasta ahora poco conocidas para él.
A todos nos ayuda
y reconforta recibir una orientación ante nuevas
circunstancias, por parte de personas que ya han vivido esas experiencias. Pues
el nuevo maestro, en su periodo de inserción, no es menos. La existencia del
mentor como guía, significará un gran apoyo y le aportará tranquilidad y
seguridad a la hora de desempeñar su labor.
Además, el
contacto y el poder identificarse con otras personas que se
encuentran en las mismas circunstancias que uno mismo también resulta muy útil.
Podría ser muy producente y motivador que se realicen talleres dedicados a los
nuevos docentes. En éstos, los maestros podrían hablar y realizar un
intercambio de experiencias, anécdotas, ideas, temores, opiniones, dudas,
soluciones, métodos de actuación, etc.
Por último, para una
correcta formación permanente, el docente necesitaría de la colaboración,
aplicada directamente a su labor a desempeñar, de otros profesionales que
forman parte de la escuela, tales como los orientadores y psicólogos.
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